Esta mañana ya hacia rato que oía a Tereixa rondando cuando he decidido levantarme. Jo, eran poco más de las siete. Esto no son horas en vacaciones. Pero bueno, así he podido asearme y arreglarme con toda parsimonia antes de desayunar. Esta vez lo tenemos incluido con la habitación, pero solo es continental. Es decir: nada cocinado. Creo que somos los únicos huéspedes de la casa, porque en el salón solo había desayuno para dos. Eso sí, hemos acabado con casi todo lo que habían sacado nuestros invisibles anfitriones.
Y luego he descubierto que Tereixa iba un poco confundida con las horas, porque nuestra visita a Murrayfield era a las 11h, no a las 10h. Pues sí, nos hemos ido a ver el templo del rugby escocés (el templo del rugby, toma topicazo), el campo donde juega sus partidos la selección del cardo: Murrayfield. La única visita que llevábamos preparada desde España para todo el viaje. Como muchos sabréis, los dos somos muy aficionados al rugby y ella incluso juega.
Como íbamos con tiempo, hemos visitado la tienda del estadio (aligerando considerablemente nuestros bolsillos en el proceso) y la zona donde se encuentra este. Podíamos habernos ahorrado esta parte, porque es bastante fea. Ni siquiera hay muchos pubs cerca.
Finalmente, la visita ha empezado con un pequeño retraso. Nuestro guía, Max, era la típica persona que parece haber pasado toda su vida en el campo. Ha sido muy majo y nos ha enseñado un montón de cosas de las instalaciones. En fin, lo hemos pasado muy bien.
Luego hemos vuelto a casa a dejar el coche y hemos salido ya a comer. Más comida de pub, que nos gusta bastante a los dos y, finalmente, a la otra gran visita que teníamos prevista para hoy: el castillo de Edimburgo.
El castillo es una fortaleza bastante grande situada sobre una colina, en la parte más alta de la Milla Real. Es, seguramente, la atracción turística más popular de la ciudad y da para bastante rato, porque hay muchos recintos en su interior. Lo único malo ha sido el día tan bueno que hacia. Hemos tenido mucho sol durante toda la tarde, así que la ropa de abrigo nos sobraba. Pero tampoco ha sido tan grave. Hemos visto las joyas de la corona escocesa. Que no son tales joyas, sino más bien unos cuantos objetos históricos, encabezados por la Piedra de Scone que se usa en las coronaciones de los monarcas escoceses y fue durante siglos motivo de resquemor contra los ingleses, que se la llevaron a Londres tras una batalla y no la devolvieron hasta finales del siglo pasado. Y, ojo, es una vulgar piedra. Lo que tienen los símbolos. Además de la piedra, los objetos principales son los llamados Honores de Escocia: la corona, espada y cetro del rey.
También hemos aprendido cosas sobre la época en que se usó como prisión militar, durante las guerras de los siglos XVIII y XIX. Por ejemplo, que las raciones diarias que se daban a los prisioneros incluían cerveza y sidra. Y las que daban a los marineros de los EE. UU. apresados durante su guerra de la independencia eran más reducidas porque los consideraban piratas.
Desde el castillo hemos bajado directamente hasta Princes Street. Es la calle que hay justo al otro lado del parque que separa las ciudades vieja y nueva, como podéis ver en la foto tomada desde el castillo. Hemos paseado por allí y también por el cementerio que hay junto a la iglesia de San Cudberto. No sé a vosotros, pero a mí los cementerios de iglesia me parecen encantadores. En este está enterrado John Napier, el de los logaritmos neperianos, pero no hemos encontrado su tumba.
Y lo cierto es que ya estábamos bastante cansados, conque hemos vuelto a la zona de la Milla Real en busca de un pub donde tomar una cerveza y descansar un poco. Hemos acabado en uno junto a la estatua de Greyfriars Bobby, un perro legendario por no abandonar la tumba de su amo, enterrado en el cercano cementerio de Greyfriars, hasta su propia muerte, catorce años después. Sin embargo, y esto no se lo digáis a los edimburgueses, parece que la historia fue un invento de los comerciantes de la zona, en el siglo XIX. para atraer visitas. Que el turismo es un gran invento se sabe desde hace mucho.
En fin nos hemos tomado nuestras pintas y, ya que estábamos, nos hemos quedado a cenar. Y seguimos sin pedir haggis, pese a comer siempre en sitios en que tienen. A lo mejor mañana. Y ya nos hemos vuelto a casa bastante machacados.


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