Esta mañana nos hemos levantado y, al bajar a desayunar, nos hemos encontrado con la agradable sorpresa de tener un buen desayuno escocés. Que es prácticamente igual que el desayuno inglés; cuando algo recibe en cada sitio el nombre del propio país, buena señal. Bien, una señora nos dijo en Inverness (hace dieciséis años, sí) que el desayuno escocés era totalmente diferente porque la salchicha que ponían era distinta. Pues bueno, pues vale. El caso es que nosotros hemos decidido ponernos como el tenazas para no pasar hambre en un buen rato. Éxito total.
Teníamos aún pendiente la visita a la catedral de Glasgow; o, más bien, antigua catedral de Glasgow. La Iglesia de Escocia, que es la oficial aquí (igual que en Inglaterra lo es la Iglesia de Inglaterra, o Anglicana), es presbiteriana. Esto significa que no tienen obispos ni cargos de ningún tipo por encima del presbítero, así que no hay catedrales. La que fue catedral en la Edad Media hoy se usa como simple lugar histórico con algunas funciones litúrgicas. Sí hemos visto en ella algunos diáconos que enseñaban el edificio a grupos de escolares.
La catedral es bastante grande y necesita una buena limpieza, aunque por lo demás está bien conservada. Tiene excelentes vidrieras y es un buen ejemplo de arquitectura gótica. En ella está la tumba (vacía) de San Kentigern, más conocido como San Mungo, patrón de la ciudad. No, San Mungo no es un invento de JK Rowling. La escritora escocesa tomó muchos elementos de su país para las novelas de Harry Potter. En fin, Glasgow no es gran cosa (ya, María José, ya sé que no estás de acuerdo :)), aunque tiene algunas calles bonitas; pero su catedral merece la pena. Y la entrada es gratis.
Y, ya que estáis, también vale la pena echar un vistazo al también gratuito museo religioso de San Mungo, que está al lado. Es un edificio moderno y lo que contiene, en su mayoría, también lo es. Pero no se trata de un museo al uso para contener los objetos artísticos de la catedral; está dedicado a todas las confesiones y pretende mostrar el hecho religioso desde todas las perspectivas. Como pone en la puerta, pretende ser interesante para personas de todas las religiones, o de ninguna.
Al acabar de ver el museo nos hemos tomado un cafecito en su cafetería, que es bastante barata, y hemos vuelto a nuestra residencia para coger el coche y salir hacia nuestro siguiente destino: el castillo de Doune. Está cerca del de Stirling, pero no se parecen en nada. Este sí es un castillo propiamente dicho, consistente en un edificio fortificado con su patio. La entrada, de £5 (gratis con el Explorer Pass) incluye la audioguia, uno de los puntos fuertes de la visita. En este castillo se rodó buena parte de la primera película de Monty Python, Los caballeros de la tabla cuadrada (Monty Python and the Holy Grail en el original), así que han cogido a Terry Jones para hacer la narración. No solo explica muy bien la función de cada estancia y la vida en el castillo, sino también qué partes de la peli se rodaron en cada sitio. Es interesante y divertida. La pena es que hoy el tiempo ha empezado a ser más escocés, así que llovía y hacía fresco. Pero la visita vale mucho la pena. Y hay poca gente.
Después, como aún teníamos tiempo, hemos ido a ver la catedral de la cercana Dunblane. Esta pequeña ciudad es famosa por dos cosas: la catedral y la matanza. En 1996, un pirado mató a un profesor y dieciséis alumnos de la escuela local. Dentro de la catedral hay un pequeño monolito que los recuerda, pero el edificio es interesante por sí mismo. Más pequeña que la de Glasgow, pero igualmente bonita y más limpia. Además, el diácono que la atendía en ese momento era un hombre muy majo. Si vais al castillo de Doune, aprovechad para acercaros.
Y ya hemos salido hacia Pitlochry, o Pichorrico, como la llamaba mi amigo José Luis. La carretera es bastante buena, con muchos tramos de autovía, así que nos iba a costar poco llegar. Pero en esto que hemos visto un cartel que indicaba una Ruta turística de Pitlochry. Ya que hemos venido a ver cosas, vayamos por esa carretera y no por la principal. Seguramente habría sido una buena opción de no ser porque, al cabo de unos kilómetros, se cortaba. Hay obras esta semana y cortan la carretera a determinadas horas. Así que hemos cogido el primer desvío, una carretera de un solo carril (es decir: si viene un coche de frente, uno de los dos tiene que hacerse a un lado como pueda para que pase el otro). Y hemos vuelto a poner el GPS para que nos devolviera a la ruta principal. Lo malo es que nos hemos hecho un lío con él y lo hemos dejado en modo evitar las autovías. Total, que hemos pasado unos tres cuartos de hora por carreteras infernales en medio de la lluvia. El paisaje era muy bonito, eso sí. Creo.
Bueno, al final hemos llegado a nuestro destino. Hemos cogido habitación en una casa en medio del campo, a unas cuantas millas de Pitlochry. Total, la ciudad en sí no nos interesa demasiado; lo bonito de aquí son los alrededores. Y la casa nos ha encantado. Tanto que hemos preguntado en seguida si podríamos quedarnos una noche más. Mala suerte: la noche siguiente está completa. Jo, qué pena.
En fin, hemos bajado a cenar a un restaurante cercano, junto al río. Por aquí pasa el río Tay, que es el desagüe del cercano Loch Tay. Es un río bastante impetuoso, como demuestra el hecho de que se usa para hacer competiciones de piragüismo en aguas bravas. Al cruzar el puente hemos visto las puertas de slalom sobre el río. Luego, como no habíamos comido nada desde el desayuno, hemos cenado un poco más fuerte que en los días anteriores. Una vez más, bajando la edad media del local. Estamos observando que en la Gran Bretaña rural los jubilados son muy aficionados a salir y comer fuera de casa. Esto daba al restaurante un cierto aire decadente muy agradable.
Y ya nos hemos vuelto para casa. Hoy, en lugar de escribir desde nuestra habitación, lo estoy haciendo desde el cenador de la casa. Todavía entra luz natural por el tejado de cristal y la lluvia repiquetea con fuerza. Jo, estoy por preguntar si no me pueden bajar la cama aquí. ¡Hasta mañana!





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